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UNA ESCAPADA DE TRES DÍAS A ATENAS

Nosotros estamos al oeste del Mediterráneo y los griegos en el otro extremo. Más de tres horas en avión nos separan para aterrizar en el aeropuerto internacional de Eleftherios Venizelos, a unos 30 kilómetros del centro de Atenas. Muchos kilómetros de distancia, pero nada más desembarcar y tomar el metro que une el aeropuerto con el centro de Atenas, pronto nos damos cuenta que somos primos hermanos.

Si este viaje se hace ahora, como somos familia aún sentimos más sus penurias económicas. Ahora es una ciudad, y un país, al que no ayudan las altas instancias europeas, pero les podemos echar una mano como turistas. Aunque,  si se viaja con los ojos vendados, casi ni nos daremos cuenta de su crisis porque todo está a nuestra disposición. Sin embargo no basta una venda, hay que ser ciego para no ver la dramática situación de los griegos.

Primer día en Atenas

El gran atractivo de Atenas lo sabemos todos. Lo hemos visto en la tele, en los libros de texto, en las pelis,… es el Partenón. Una visita inexcusable para todo el que viaje a Atenas. La cuna de la civilización pero lo vamos a dejar para el último día de visita.

El Olimpeion

Vamos a empezar yendo al templo de Zeus Olímpico. Este yacimiento es una de las grandes joyas de su patrimonio. Originalmente este templo alcanzó una longitud de 180 metros por 40 de ancho y tenía más de 100 columnas de orden corintio. Lo de originalmente es un decir, porque su construcción se dilató entre el siglo IV antes de Cristo y el II de Nuestra Era. Hoy solo se ve parte de su planta y únicamente se mantienen en pie 15 de sus esbeltas columnas. Es precioso e impactante en su desnudez. Son unas ruinas que transmiten todo el esplendor de los viejos griegos y al mismo tiempo es la metáfora perfecta del presente.

El Templo de Zeus Olímpico está junto a una de las grandes avenidas de la capital ateniense. El contraste entre el tráfico demencial de la ciudad y la solemnidad del yacimiento no puede ser más brutal. Aun así, la magia del lugar hace que te aísles por completo del entorno, y la mirada solo se desvía hacia arriba, hacia la vecina Acrópolis con el Partenón en su parte más alta. Una zona que es el imán durante todo el viaje. Pero no hay que ser ansioso, hay que acumular más ganas todavía para descubrirla. Se tiene que convertir en la guinda del viaje.

Al salir del Olimpeion o Zeus Olímpico, según con quién se viaje la conversación es inevitable. Alguno puede decir: “ya te lo dije yo, veníamos a ver piedras”. Si alguno piensa así, hay que darle tiempo e intentar explicarle que son piedras sí, pero supervaliosas. Esa primera clase se puede dar sobre los sofás que tienen muchas de las terrazas del cercano barrio de Plaka, el más turístico de la capital.

Aquí se acumulan los restaurantes, cafés y restaurantes, a precios no griegos. También son las calles con más tiendas de souvenirs por metro cuadrado. En fin, hay que conocerlo, tomarse algo, comprar, pasear y pasar el rato. Somos turistas, ¿no?

La Atenas moderna

Después de turistear un poco, caminando hay que llegar hasta ese otro lugar de Atenas que sale un día sin otro en el telediario: la plaza Sindagma. Es la gran plaza de la ciudad, donde está el Parlamento, los soldados que hacen su ceremonial desfile mientras no paran de grabarles smartphones llegados de cualquier parte del planeta. El lugar donde está el hotel más emblemático de la ciudad: el Hotel Gran Bretagne, y donde se acumulan las tiendas y comercios de las grandes firmas mundiales. Todo esto quedará invisible si toca manifestación en la plaza, porque aquí sale el pueblo griego un día sí y otro también para protestar.

Como contraste desde la plaza uno se puede ir al barrio cercano de Kolonaki. Aquí todo es elegancia. En las calles están las tiendas de lujo y en las plazas las terrazas más in de la ciudad. Unas terrazas y bares que están abiertas hasta bien entrada la noche, así que puede ser un buen lugar para acabar el primer día en Atenas.

Segundo día en Atenas

Se puede seguir un esquema similar para el resto de días en Atenas. Dedicar la mañana a su importante pero desgajado patrimonio histórico artístico, ya que en realidad es patrimonio de la humanidad, aquí nunca mejor dicho. Y después de comer o por la tarde vagabundear un poco por las calles atenienses.

El Ágora

Ágora es una palabra griega que se sigue usando en la actualidad, cada vez que nos referimos a un espacio público para el disfrute de la sociedad, unas veces para las fiestas populares y otras para las protestas también populares. Y Atenas nos invita a descubrir el origen de elloscomo de tantas otras cosas.

El Ágora es un enorme yacimiento que fue el epicentro de la ciudad. Ha llegado a nuestros días bastante maltrecho, y aunque se han restaurado partes, posee la poesía de los lugares en ruinas donde se sabe que ocurrieron cosas importantes y caminaron celebridades de otro tiempo. Aquí hablaba Sócrates o pronunciaba sus discursos Pericles. En definitiva, el Ágora es un sitio por el que merece pagar la entrada para descubrirlo a tus anchas. Además hay entradas combinadas para diferentes yacimientos atenienses, para que el bolsillo no sufra demasiado.

Y el complemento ideal a la visita del Ágora es la vecina Biblioteca de Adriano. Otro gran yacimiento que nos habla de la segunda de las grandes culturas de Occidente, los romanos, los primeros que se enamoraron del esplendor político, económico y mitológico de los helenos.

Si no se sabe mucho de historia y de arte antiguo, es recomendable para disfrutar más de estas visitas empaparse un poco de la guía o de las webs que consultéis en la tablet (poned blog-viajes en favoritos). Será mucho más enriquecedor.

El barrio de Monastiraki

Y si no habéis leído nada antes de visitarlos, hacerlo después. Para la tarde no hay que salir del barrio de Monastiraki donde están estos yacimientos y otros muchos. Por las calles de este barrio, además de impactantes iglesias de la religión ortodoxa, también encontraréis diferentes restaurantes y cafés.

Una elección siempre buena en esta zona de Atenas es tomarse un soulaki. Para entendernos el kebab griego, aunque a ellos no les hace gracia esa comparación. Y si eres más vegetariano o andas con el estómago débil entonces lo tuyo va a ser una ensalada a base de tomate, queso feta y pepino. Todo regado con una cerveza local, la Alpha o la Mythos. Y para acabar un café. Una recomendación, si eres bebedor de café con hielo, y estás harto de no encontrarlo en tus viajes al extranjero, aquí vas a tomar algo muy parecido: el expresso fredo.

Después de comer toca caminar un poco, y si se deshace el camino hacia el Ágora, además de entretenerse con las baratijas de muchos tiendas de anticuarios, se llegará a una calle en paralelo al yacimiento, donde pegados unos a otros hay numerosos bares de copas para trasnochar.

Tercer día en Atenas

Se acaba el viaje y todavía queda una cosa pendiente: subir a la Acrópolis. Posiblemente el hotel no esté muy lejano, pero aún así habrá que caminar para ascender. Así que hay que desayunar bien para el camino y para disfrutar de lo que nos espera. En el desayuno de tu alojamiento no ha de faltar el yogur griego, el de verdad. Nada que ver con el de los anuncios de la famosa frase.

La Acrópolis y el Partenón

Es difícil describir este lugar. Físicamente es sencillo. Se entra por los Propíleos o puertas monumentales. Se ve a un lado el pequeño templo de Atenea Nike y se llega a una explanada repleta de trozos de columnas y demás vestigios con 2500 años de antigüedad y como telón de fondo el imponente y ruinoso Partenón. A su lado otro templo, el Erecteion, con su pórtico donde las típicas columnas se han transformado en figuras de mujer. Y sobre la explanada de la Acrópolis se ve toda su ladera repleta de más yacimientos, teatros y las murallas que la separan de la Atenas actual.

Esto es lo que se ve. ¡Pero lo que transmite! Ahí viene lo difícil de describir. Para aquellos que han estudiado historia, es como visitar un lugar donde ya se ha estado y que aún así le deja sin palabras. Y para aquellos que no son especialmente aficionados a estas cuestiones, igualmente quedan impactados. Es un lugar majestuoso, por lo que se ve y por lo que cuenta. No importan los eternos andamios, ni que nada esté entero. Es impresionante.

Tal vez no se comprenda todo lo que se ve. No importa mucho. Es uno de esos poquísimos monumentos que habla. Y de todos modos para entender mejor este enorme yacimiento arqueológico, luego hay que visitar con la entrada conjunta el Nuevo Museo de la Acrópolis situado a sus pies. Allí se ve cómo fue hace veinticinco siglos, y cómo los acosos, bombardeos y saqueos lo arruinaron, cómo se llevaron tantísimas figuras a los museos londinenses, y cómo se trabaja de forma continua en el Partenón y todo el conjunto para que no se derrumbe por completo.

El barrio de Anafiotika

El Nuevo Museo de la Acrópolis está a los pies del yacimiento, y también a sus pies está el barrio de Anafiotika. Seguramente el que más encanto posee en Atenas. Siempre con la presencia en lo alto de la Acrópolis, se pasea por callejones empinados, con casas bajas, grafitis, motos, gatos, y de vez en cuando alguna taberna de sabor especial. En alguna se puede tomar auténtica moussaka y beber otros vinos griegos diferentes al de retsina, el más caro y famoso.

Los amantes de la fotografía aquí van a pasar la tarde sin darse cuenta. Y cuando cae la noche, entre Anafiotika y Plaka encontrarán varios restaurantes interesantes. Unos tienen toda la parafernalia turística, incluida del sirtaki. Pero hay otros más familiares y sabrosos que son el mejor lugar para cenar a base de los ingredientes típicos de la cocina griega como berenjenas, lentejas, quesos o carnes, que son el mejor broche para esta intensa escapada por Atenas.

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